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 11. GILGAMESH

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MensajeTema: 11. GILGAMESH   Vie 15 Mayo 2009 - 18:52

De: XOLMETH (Mensaje original) Enviado: 16/10/2004 20:47





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11. GILGAMESH




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[NX: Esto ocurre hace unos 4.900 años].

En el sistema solar pleyadiano nosotros somos recolectores de información para el Primer Creador. El Primer Creador es y nosotros somos enviados a reunir experiencias en el tiempo y el espacio. Ustedes podrían juzgarme con base en las normas de su mundo, pero yo nunca me juzgué a mí misma; yo sencillamente estaba viviendo y aprendiendo. Si una experiencia no era satisfactoria, seguía con otra.

El Primer Creador manifiesta una «matriz de matrices» a la que llamamos Diosa Madre y a partir de ella se originan muchas otras fuentes de creación. Una multitud de seres elevados crean los Pensamientos. Éstos se convierten en sonido el cual a su vez fluye a su propio nivel de frecuencia y manifiesta las realidades.

Mis aventuras fueron parte de todo el movimiento que había sido creado antes de mí. Yo vengo de un linaje: yo soy el Primer Creador, la Diosa Madre y también soy mis antepasados antiguos de otras dimensiones y sistemas solares. Soy parte de Anu y Antu, soy Enlil y Ninhursag y llevo a mis propios padres dentro de mí. La conciencia de todo lo que vino antes de mí la expreso en mi poder para crear.

En aquella época en Terra yo no veía que mis acciones pudieran lastimar a los Lulus y a sus futuras generaciones: ustedes. Ciertamente no sabía que ese daño regresaría a mi vida y construiría la Pared.

*

Después de que Anu me otorgó el derecho de conceder la monarquía, yo volaba entre Uruk y el Valle del Indo. A través de mis rutas de comercio había un flujo abundante de granos y otros productos, mis sacerdotisas se hacían más ricas cada día y todo el mundo era feliz. No obstante, yo seguía sin marido.

Estaba en las mismas condiciones que mi tía abuela Nin. No veía ningún candidato apto para casarme. Durante los años veía como Ninhursag se volvía más retraída y rígida. Yo no quería terminar como ella. No soy el tipo de solterona y me sentía como un cañón suelto en cubierta. Yo era tan hermosa y solamente un poco despiadada. ¿Qué era lo que tenía que hacer?

Con el fin de solucionar este pequeño problema, resolví combinar el ritual de la monarquía con el del matrimonio sagrado. En esta ceremonia tan hermosa, el futuro rey se convertía en mi esposo por una noche. El templo era cubierto de flores y bañado con la luz de las velas. El aroma de las flores y los sonidos de bella música llenaban los salones del templo. Me vestían con sedas, me coronaban con una tiara de oro y los sacerdotes y sacerdotisas me conducían a la cama sagrada donde esperaba mi amado.

De esta manera tuve muchos hijos y di origen a muchos linajes reales a partir de estas ceremonias. Yo, que no tenía esposo verdadero de mi propia raza, podía disfrutar de la ceremonia de bodas una y otra vez. Entre los Lulus era muy popular la ceremonia del matrimonio sagrado, motivo por el cual ellos me amaban mucho y yo obtuve poder sobre las ciudades.

Esta costumbre de tener hijos con los Lulus era muy común entre los hombres de la familia de Anu. A Enki se le perdió la cuenta de cuántas amantes había tenido o cuántos hijos había engendrado. Mi padre Nannar y mi hermano Utu no eran diferentes. Yo simplemente le di forma a una práctica común y la convertí en un ritual detallado. Esta ceremonia del matrimonio sagrado me convirtió en la persona más apreciada por los Lulus.

Dicha ceremonia también me permitió formar hombres lo suficientemente poderosos para que me llamaran la atención. Yo les transmitía conocimiento, sabiduría y magia. La manera más segura de transmitir estas frecuencias se encuentra en el acto de unión sexual ejecutado con la conciencia más elevada y una concentración profunda. Yo soy una experta en estas cosas y muchos hombres se beneficiaron de estas iniciaciones.

Por medio de mi infusión genética, el ADN de los Lulus se fortaleció y se amplificó. Sin saberlo también yo me até a los linajes de miles de seres humanos y por ende a sus vidas futuras. Mis genes se entretejieron en un río de personas y sin yo saberlo me estaba convirtiendo en parte de ellos.

Ya saben cómo es eso; uno está sentado por ahí un poco aburrido esperando que pase algo emocionante y, por sincronía es atraído a un nuevo mundo, sin ningún pensamiento consciente en cuanto a dónde irá. La promesa de una experiencia nueva y fresca lo atrae a uno y queda atrapado en la red del tiempo. De esta misma forma yo estaba para siempre atraída por la telaraña de Terra y por las vidas de sus habitantes.

Mi hermano Utu estaba felizmente casado con su esposa, Aya, y de vez en cuando yo los visitaba. Utu y yo estábamos muy unidos y sé que él me quiere pero se mantenía muy ocupado con los transportes de Terra hacia la estación espacial y escasamente nos quedaba tiempo para vernos. Aya estaba muy ocupada con sus hijos, sus escuelas y su ropa. Ninurta y su esposa, Gula, estaban en la misma situación. Gula no hablaba de otra cosa que de sus niños.

Ninurta tenía tantas obligaciones que no tenía mucho tiempo para ver a su esposa. Yo admiraba a estas mujeres por su dedicación a sus hijos, pero eso no era suficiente para mí. No veía la hora de regresar a los templos para informarme sobre el movimiento comercial. La ceremonia del matrimonio sagrado me dio la libertad de desempeñar mis cargos y de disfrutar los placeres de muchos esposos y muchos hijos.

*

Mis ceremonias atraían hombres de todos los lugares del mundo. Yo solía observar a los hombres que entraban en los templos e indagaba sobre sus capacidades e inteligencia y me acostumbré a escoger los mejores. Entonces un día conocí a un hombre que rechazó mis propuestas: ¡Gilgamesh!

Mi hermano Utu lo había convertido en el quinto gobernante de la dinastía de Uruk. En ese tiempo yo estaba en un viaje de negocios en el Valle del Indo y mi hermano Utu estaba ansioso de concederle la monarquía a Gilgamesh. Utu lo estimaba mucho porque él pertenecía a su linaje. En una época Utu sintió una gran atracción hacia una de las sacerdotisas de mi templo y esta unión produjo un niño varón que era tan apetecible que a su vez se unió con una dama nibiruense. Su hijo era Gilgamesh y sostenía que era dos tercios Dios y un tercio humano, aseveración que según él le daba ciertos derechos.

Gilgamesh era extremadamente hermoso, lo que ustedes llamarían «un cuero». Era muy popular entre la gente, todo el mundo lo quería, y Utu estaba encantado con este rey héroe que llevaba su sangre en las venas.

Como era muy inteligente, Gilgamesh empezó a aprender todo lo que podía sobre la historia de la Tierra y la familia de Anu. Mientras más aprendía, más lo obsesionaba la idea de la muerte. Gilgamesh no quería morir. Después de todo, razonaba, él era dos tercios Dios y por lo tanto debería ser inmortal como Utu y los otros dioses. Le rogó a su madre y a su abuelo que lo ayudaran. Utu básicamente le dijo que olvidara el asunto, que los otros dioses no lo permitirían y que debía disfrutar del tiempo que se le había asignado.

Consternado y deprimido, Gilgamesh empezó a beber en exceso. Se desbordó en la comida, en la bebida, en el sexo y se volvió pendenciero. Estaba desesperado por esquivar la idea del temor a la muerte. Su comportamiento excéntrico y sus estallidos violentos interrumpían el flujo de vida normal en Uruk.

Los dioses pensaron que había que hacer algo para calmarlo. Gilgamesh necesitaba un compañero, y en el desierto vivía un hombre llamado Enkidu, quien era uno de los experimentos genéticos de Enki y un émulo en fuerza física para Gilgamesh. Los dioses decidieron capturar a Enkidu para que le sirviera de compañía a Gilgamesh.

Enkidu todavía era un salvaje y estaba en un estado inocente de telepatía con los animales de la estepas y los bosques. Con el fin de capturar a Enkidu, los dioses enviaron a una de mis sacerdotisas para que lo sedujera. Él nunca había visto una mujer tan hermosa. Hechizado por su cuerpo seductor se dejó vencer por la pasión y copuló con ella una y otra vez. Durante siete días y noches Enkidu se perdió en el mar de su belleza y en un trance de pasión extática. Cuando finalmente estuvo satisfecho, fue a buscar a sus animales amigos pero ellos ya no lo reconocían y, cuando trató de acercárseles, ellos huyeron en medio del temor. Enkidu había cambiado para siempre.

Como se sentía solo y perdido, sin a dónde ir, el pobre Enkidu tímidamente siguió a la sacerdotisa hacia Uruk, donde fue entregado a Gilgamesh. Empezaron su amistad con una lucha, examinando el alcance de la fuerza de cada uno. Cuando Enkidu probó que era un émulo para Gilgamesh, los dos se unieron fraternalmente.

Gilgamesh compartió su temor a la muerte con su nuevo amigo. La compasión de sí mismo que expresó Gilgamesh llevó a Enkidu a las lágrimas y le habló sobre un lugar que él había encontrado con las gacelas en la Tierra de los Cedros [NX: El Líbano], la morada secreta de los Dioses. Allí Gilgamesh podría exigir la inmortalidad. Enlil había creado un horrible monstruo llamado Humbaba para que vigilara su dominio, la Tierra de los Cedros. Enkidu le dijo a Gilgamesh que para lograr entrar en la morada tendrían que luchar con Humbaba. Emocionados por las expectativas de un nuevo desafío, los dos se marcharon muy animados.

La morada de los Dioses existe en una dimensión diferente a la de la Tierra pero se puede entrar a través de un portal del tiempo que está situado en la Tierra de los Cedros. Terra vibra a una frecuencia diferente a la de Nibiru y nosotros podemos entrar a la vibración de Terra únicamente a través de dichos portales, puesto que son las puertas para viajar entre dimensiones. Humbaba era un monstruo holográfico que escondía un arma mortal que protegía esta entrada. Nosotros, como pleyadianos, debemos regresar con regularidad a nuestra propia frecuencia de tiempo, de otro modo envejecemos a la misma velocidad con la que lo hacen los humanos. Como un año en Nibiru equivale a 3.600 en Terra, para ustedes somos inmortales.

Desde el cielo Utu y yo observamos cómo Gilgamesh y Enkidu se acercaban al portal del tiempo y empezaban a atacar al Humbaba. Nos impresionó tanto su coraje que decidimos jugar con el holograma y les hicimos pensar que habían decapitado al monstruo. Luego los enviaríamos de regreso a Uruk como si no hubiera pasado nada.

Pensando que el monstruo estaba muerto, Gilgamesh y Enkidu yacían extenuados al lado de una corriente. Gilgamesh estaba muy sudoroso de la batalla y se quitó la ropa para bañarse. ¡Vaya! Era tan hermoso, tenía una larga cabellera negra y un cuerpo tan escultural; irradiaba tanta virilidad, que me invadió el deseo. Quería estar con él.

Desde mi nave que flotaba sobre él, grité: «Oh, Gilgamesh, deseo sentir tus fuertes brazos alrededor de mi delgada cintura y deleitarme en los goces placenteros de tu virilidad». También le ofrecí tierra y riquezas, poder y fama; lo usual.

Podéis imaginaros mi frustración cuando se negó. Hasta me insultó diciendo cómo yo había convertido a tal hombre en rana y a otro en lobo. Expresó con desvarío: «Eres un fuego de cocción que se apaga con el viento, una puerta trasera que no protege ni del viento ni de la tormenta, un palacio que se derrumba sobre los valientes que lo defienden, un pozo cuya tapa se desploma.... un zapato que muerde el pie de su dueño». No era mi culpa que hubiera vivido más que todos los hombres que fueron mis amantes.

Él siguió insultándome: «¿A cuál de tus amantes has amado para siempre? ¿Cuál de tus pastorcillos te sigue complaciendo? Vamos, deja que te mencione a todos tus amantes?».

¡Nadie se había atrevido nunca a hablarme de una manera tan repugnante y el infierno no conoce furia como la de una mujer despreciada! Yo no iba a tolerar esto ni siquiera de un hombre que fuera dos tercios dios. Fui directamente a hablar con Anu y empecé a quejarme. Afortunadamente Antu estaba allí.

Anu trató de calmarme pero también señaló que lo que Gilgamesh había dicho era parcialmente cierto. Bueno, quizás había perdido rápidamente interés en algunos de mis amantes, pero no recuerdo haber convertido a ninguno en rana. Además, yo soy Inanna, Reina del Cielo, amada de Anu, ¡y nadie me habla de esa manera!

Melosa y lentamente le rogué a Anu que me diera un arma para zurrar a Gilgamesh, un arma grande de radiación. Le dije que si no me la entregaba, desataría toda clase de terrores astrales desde las otras dimensiones. Anu sabía que yo sólo trataba de persuadirlo para que me aplacara y me dio lo que quería.

Anu me recordó que el uso de un arma tan poderosa envenenaría las cosechas. Él se preguntaba si yo tenía suficiente grano en reserva para mi gente. Cuando le dije que sí, él accedió.

Ahora veo que de vez en cuando yo tenía muy mal genio. Esta vez mi hermano Utu estaba totalmente opuesto a mi plan. Él quería mucho a Gilgamesh puesto que era de su sangre e hizo arreglos para que no funcionara el arma. Esto debió de haberle agradado mucho a Anu. Me puse furiosa porque mis planes de venganza se habían malogrado y presenté una queja formal. Anu consultó con su hijo Enlil, quien decidió que Gilgamesh y Enkidu deberían ser castigados por haber atacado al Humbaba, desafiando con su acción las armas de los dioses. Anu propuso la pena de muerte, pero Enlil no estaba dispuesto a ver morir a Gilgamesh y arregló la disputa ofreciendo matar solamente en Enkidu.

Enkidu no pudo aceptar que se hubiera negociado su muerte de un modo tan frío y cayó en un coma. Mientras el pobre Enkidu yacía enfermo e inconsciente, Gilgamesh se obsesionó más con su propia muerte y empezó a llorar y a quejarse de su destino. A duras penas se daba cuenta de que su amigo estaba enfermo. Este egoísmo completamente narcisista me convenció de que Gilgamesh realmente era uno de los nuestros, un verdadero hijo de la familia de Anu. Los dioses en medio de su compasión, tuvieron misericordia de Enkidu y conmutaron la pena de muerte. Lo enviaron a trabajar el resto de su vida como esclavo en las minas, un destino del cual no había regreso. Ningún Lulu regresaba del mundo subterráneo de Ereshkigal. Dichoso Enkidu.

En cuanto a Gilgamesh, su desesperación cada vez mayor lo obligó a presionar a su abuelo Utu para que le ayudara. Decidió buscar la inmortalidad de los Dioses con más ahínco, algo que muchos humanos también han deseado.
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